Una visión generacional
La primera generación comienza lejos de Navarra. El padre de Guillermo Penso, como tantos otros de su generación, dejó su tierra y viajó a Venezuela en busca de nuevas oportunidades y nuevos horizontes. Allí construyó buena parte de su vida, pero nunca perdió el vínculo con el lugar que lo había visto crecer.
En 1989 decidió regresar. Y lo hizo con una idea muy clara: devolverle a esta tierra una parte de todo lo que la vida le había dado.
Fue entonces cuando la familia llegó a este rincón de Navarra y encontró algo que, en realidad, no estaba buscando: un enclave de una belleza y un potencial imposibles de ignorar. Un microclima singular, protegido por la Sierra del Sarbil; una bodega histórica construida en 1840; y una tradición vitivinícola que llevaba casi un siglo interrumpida.
«El viñedo nos eligió a nosotros», diría años después Guillermo.
Y así comenzó Otazu.

Aquella primera generación recuperó una historia que se había detenido en 1890. Se volvió a plantar el viñedo, se restauró la bodega y comenzó a tomar forma un proyecto que, desde sus orígenes, aspiraba a ser mucho más que una explotación vitivinícola. Era una forma de recuperar el pasado para construir algo que pudiera trascender a quienes lo habían iniciado.
Con la llegada de la segunda generación, Otazu comenzó una nueva etapa. Guillermo Penso —ingeniero en nanotecnología, MBA por HEC Paris y Tsinghua, y con formación en filosofía— asumió el reto de llevar aquel legado hacia el siglo XXI.
Su visión fue ampliar el significado de Otazu: entender que el vino no podía separarse de la tierra que lo produce, pero tampoco de la cultura, el pensamiento, la arquitectura y el arte que lo rodean. Bajo esta visión, Otazu obtuvo en 2009 el reconocimiento como Denominación de Origen Protegida Pago de Otazu, creó la Fundación Otazu en 2016 y recibió en 2020 el Premio «A» al Coleccionismo de ARCO. El arte dejó de ser algo que simplemente acompañaba al vino para convertirse en parte de la identidad misma del proyecto.
Hoy, mientras la segunda generación continúa escribiendo esta historia, la tercera comienza ya a echar sus propias raíces en Otazu.
Lo hace de una manera especialmente simbólica, a través de Viña Pía, el viñedo que lleva el nombre de Pía, hija de Guillermo, y que representa la continuidad de una familia que entiende Otazu no como algo que posee, sino como un legado que recibe, cuida y entrega a la siguiente generación.
Y precisamente de ese viñedo nace Berués, una variedad histórica de Navarra prácticamente desaparecida, que Otazu ha recuperado después de años de trabajo. Su regreso tiene algo profundamente ligado a nuestra propia historia: una variedad que pertenecía a esta tierra, que un día desapareció de ella y que, generaciones después, vuelve a echar raíces en el lugar al que pertenece.
Por eso Berués es mucho más que un nuevo vino.
Es el vino que volvió a casa.
De alguna manera, su historia refleja también la de la familia: alguien que un día partió en busca de nuevos horizontes, regresó a Navarra para devolver algo a la tierra que lo vio crecer y comenzó un proyecto que hoy alcanza ya tres generaciones.
Porque Otazu es una historia que se transmite, una tierra que se recupera y un legado que evoluciona.
Tres generaciones. Una misma tierra. Y una historia que apenas comienza.